
Torbellino de agua provocado tras el terremoto en la costa de Japón
Ayer me levanté estresado, nervioso y con ilusión. Ayer me iban a comunicar si tenía un pequeño lugar en el mundo donde irme el año que viene a estudiar el primer semestre de mi último año de carrera. Una lista en mis manos ordenaba por orden de preferencia las universidades que había elegido el día anterior tras dar muchas vueltas. Uruguay, Argentina, Chile y como últimas opciones me quedaban México y Colombia (fuera de la lista)
Me levanté pensando en ello y al mismo tiempo un temblor frío sacudió mi cuerpo al recordar la fecha. 11 de marzo, siete años ya de aquel día en que España sufrió el mayor atentado de su historia. 192 fallecidos, cientos de heridos. Yo iba a tercero de la E.S.O, creo recordar, y fue un día que no olvidaré jamás. Lo pensé un momento, recordé a las victimas y encendí el ordenador.
Malas noticias se asomaban nada más conectar con la página web de El País. Terremoto en Japón. 8,9 grados en la escala de Richter. Tsunami. Alerta máxima. Cientos de palabras se mezclaban en mi cabeza, la información era muy clara, el mayor terremoto en la historia de Japón acababa de suceder hacía escasas dos horas. Un tsunami había barrido la costa norte del país y los primeros cuerpos inertes aparecían por las calles, las alertas de tsunamis se extendían hasta las costas de Chile, Perú, México, California…
11 de marzo. Otro suceso catastrófico sucedido en un día ya de por sí olvidable. La naturaleza ha vuelto a atacar al ser humano y ha vuelto a demostrar que nada es tan potente como ella. La naturaleza manda y nosotros no podemos hacer nada.
Ante esta catástrofe salí corriendo hacia el Campus de Móstoles de la Universidad Rey Juan Carlos. Llego justo a tiempo, me siento y me dicen que ninguna de las universidades de mi lista está disponible. Última oportunidad, me dan a elegir un par de universidades, decido y la decisión es irrevocable. Mi destino es el Instituto de Estudios Superiores del Colegio Holandes, situado en México D.F. Con ilusión, alegría y nervios tomo en mis manos la hoja que me otorga una plaza en este lugar para estudiar desde agosto a diciembre de este año.
11 de marzo de 2011, otro día más que recordar para el resto de mi vida. Cosas buenas y malas pasaron. Cosas que nunca se olvidarán.




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