Microhistorias: Pensamientos salvajes…


Dos de la mañana. El chico sale de trabajar. Cansado, con frío, deseando llegar a casa y descansar tranquilamente. Pero antes le esperan, aproximadamente, 45 minutos de viaje en autobús.

El primero de los dos que debe tomar no tarda en llegar. Sube. Toma asiento y continúa leyendo el libro que tiene entre manos.

Primera parada. Alrededor de una quincena de “seres” suben al bus entre gritos, vasos, alcohol y fiesta. El vehículo se queda atascado en una calle. un coche bloquea el pao y los gritos, las canciones son cada vez más fuertes y molestas para el resto de usuarios que viajan en el interior del transporte público, entre ellos el chico, que cierra su libro y lo guarda en la mochila que lleva a la espalda.

Diez minutos después el autobús continúa haciendo maniobras para poder sortear el obstáculo que tiene delante. Los gritos siguen y el conductor se cabréa. Grita, amenaza con llamar a la policía. Ninguno de los seres hace caso. Uno de los usuarios se levanta gritando y pidiendo por favor que cese la fiesta. Al mismo tiempo uno de los seres se burla de él, alto, con gafas y pelo rizado. Es el cabecilla, el lider de los “seres” el que primero grita y los demás lo siguen.

El chico comienza a temblar, mete la mano en el bolsillo de su abrigo y aprieta con fuerza las llaves. Gritos, canciones, fiesta, borrachos de fin de semana, atasco… Una furia incontenible se apodera del chico, que no soporta más el jaleo.

Un segundo, en un segundo el chico no aguanta más, con un rápido movimiento se levanta de su asiento y agarra al “cabecilla” del cuello, lo empotra contra el cristal a la vez que introduce con fuerza una de las llaves por uno de los orificios nasales del otro, un grito desgarrador y sangre en abundancia. El resto enmudece.

Otro de los seres intenta acercarse al chico, pero éste lo mira e introduce aun más la llave en la nariz del otro, el ser se detiene. El chico ordena a todos los seres descender del autobús, en sus ojos se puede ver algo de locura, en los seres se observa miedo y en el resto de usuarios y del conductor se puede ver ligeramente que apoyan al chico, “se lo merece” susurra el usuario insultado previamente.

Los seres, blancos de miedo descienden uno a uno del autobús. La llave sale de la nariz del “lider”, que no para de sangrar, y éste baja del bus también. Se cierra la puerta…

Se acabó el atasco, se acabó la fiesta, tranquilidad. El resto de usuarios felicita al chico, lo que ha hecho no está bien, pero era el único modo de poder estar tranquilo, de poder seguir el trayecto sin soportar mierda…

Afortunadamente la salvaje agresión no sucedió en realidad. Pero desafortunadamente los usuarios TUVIMOS que soportar a estos “seres”, no se los puede llamar personas, sus gritos, sus cánticos y sus burlas hacia el resto de usuarios. Esto sucedió de verdad y todos los fines de semana sucede, es una vergüenza que tengamos que aguantar a esta gentuza.
No pido que tengan que suceder este tipo de agresiones para poder estar tranquilos en un transporte público, solo lo pienso e imagino que pasaría si sucediese… ¿apoyarían los usuarios al agresor?, ¿lo ayudarían?… ¿tú que harías?

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Microhistorias: ¿Sigo soñando?


Solo me faltan cien metros para llegar a la meta, cinco me separan del primer clasificado. Mis últimas fuerzas las guardo para los últimos cincuenta metros, se que puedo adelantarlo. Aguanto, paciencia, ya. en los últimos 15 metros paso por delante de él y finalizo primero, gano la carrera, he cruzado la meta con los ojos cerrados y…

… aparezco en un desierto, arena por todas partes. El sol se refleja en la extensa llanura amarilla y hace que me ardan los ojos como si me los estuvieran quemando con ascuas, el sudor se hace insoportable, la angustia me ahoga, me siento en el suelo y abrazo mis piernas…

… el suelo arenoso desaparece y caigo. El agua encharca mis pulmones, nado hacia la superficio y salgo para tomar bocanadas de aire que me ayuden a respirar. Entre tanto, agotado y casi sin fuerzas intento llegar a tierra firme para sobrevivir. Al fin llego…

… altos edificios se encuentran frente a mi. Miles de personas en la calle aguantan la respiración mientras miran hacia el cielo. Subo mi cabeza para ver… una luz cegadora se dirige como un rayo hacia nosotros, cada vez se hace más y más grande, el final se acerca, cierro los ojos…

… los vuelvo abrir. Apago el despertador y me incorporo temblando y enciendo la tele. Las noticias informan de nuevos atentados en Iraq y Afganistan, decenas de muertos se encuentran en las calles. Dos mujeres asesinadas a manos de sus parejas sentimentales, el rojo es el color. Pongo mi cabeza entre mis manos, cierro los ojos y me pregunto… ¿Sigo soñando?

Microhistorias: Última sesión


Sentada en un sofa rodeada de gente con el mismo problema una mujer mayor, pongamos 70 años, recibe su última sesión de quimioterapia tras largos meses de tratamiento. Esta mujer no pierde nunca el ánimo, aquel que se encuentra a su alrededor ríe con ella de las muchas historias que cuenta en ese preciso momento.

Su sonrisa y su voz alegran a cualquiera, pensé yo. Poca gente tiene tanto ánimo al encontrarse en una sesión de quimioterapia, lo único que la provoca son unos leves estornudos que subsana con un caramelo en la boca.

Mientras ve la tele cuenta a su compañera de terapia una pequeña parte de su vida. La mayor de seis hermanos, un padre alcohólico que maltrataba a su madre pero al que nunca guardó rencor ni odio debido a que cuando no estaba borracho era una grandísima persona, según ella y una madre que siempre cuidó de ella y de los suyos.

Ella fue la única que supo enfrentarse a su padre para que dejara de maltratar a su madre, ella pudo con él y no volvió a tocarla. Eso contaba con un aire melancólico, pero con fuerza y una sonrisa en la boca al mismo tiempo que se alegraba al ver en la tele que el profesor Neira salía del coma después de muchos días ingresado.

Con un gorro de lana en la cabeza, sin ningún tipo de vergüenza por su falta de cabello, la mujer reía y decía que a ella le gustaba estar igual que un hijo suyo, “calvito”.

Una mujer con fuerza, que acabó su última sesión de quimio despidiéndose de aquellas personas que se encontraban en la misma sala y deseándoles toda la suerte del mundo y mucha salud para el futuro. Muchas gracias por ser así.

Esta es la primera microhistoria que escribo, es un hecho real, seguro que más de una persona tiene esta misma historia, una vida muy dura, superación, fuerza y sobre todo alegría, una pequeña lección para ser feliz y no caer en la amargura.